martes, 12 de abril de 2011

Las corrientes ideológicas en el movimiento obrero

La Revolución Industrial significó una gran transformación en la vida social. Pero para muchos hombres y mujeres de la época esta transformación significó el fin de un modo de vida y afrontar grandes miserias y privaciones. Las consecuencias de la transformación no solo preocupó a los trabajadores que las sufrían, sino que el espectáculo del trabajo fabril y la miseria de los barrios obreros que se formaron en las ciudades despertó la sensibilidad de muchas personas, que comenzaron a pensar formas de poner fin a la situación.

Dentro y fuera del movimiento obrero comenzaron a difundirse ideas para mejorar el nivel de vida de los trabajadores. En algunos casos, se propusieron reformas dentro de! sistema capitalista y la necesidad de establecer leyes que protegieran a los trabajadores; en otros casos, surgieron pensadores que proponían cambiar la sociedad en forma radical. En su conjunto, a todo este movimiento se lo comenzó a denominar socialista.

El primer movimiento de este tipo surgió durante la Revolución Francesa y fue una organización secreta surgida en 1797 y que se conoció como la Conspiración de los Iguales. Posteriormente, surgieron pensadores como Fourier y Saint Simon, en Francia, o como Owen, en Inglaterra, que propusieron nuevas formas de organizar el trabajo y la producción, que defendieran el nivel de vida de los trabajadores y evitaran su explotación. Así surgieron propuestas como la formación de cooperativas para competir con las fábricas.
 
A mediados del siglo aparecieron las dos figuras más destacadas del movimiento socialista del siglo XIX: Carlos Marx y Federico Engels. Según ellos, a lo largo de la historia, las sociedades se dividieron en clases sociales enfrentadas; en particular, en la sociedad capitalista se asistía a la lucha entre los empresarios (la burguesía) y los trabajadores (la clase obrera o los proletarios). Para Marx y Engels, la riqueza de la sociedad era producto del trabajo humano, pero como la burguesía era dueña de las fábricas, las máquinas y las tierras, explotaba a los trabajadores, pues el salario no retribuía toda la riqueza que los trabajadores producían; la diferencia —a la que llamaron plusvalía— era el origen de la riqueza de los burgueses. Sus obras, especialmente el Manifiesto comunista y El capital, fueron muy importantes para la difusión de las teorías socialistas. En 1864 contribuyeron a formar la Asociación Internacional de Trabajadores, que concibieron como un partido político de los obreros que debía actuar coordinadamente en todo el mundo y cuyo objetivo era producir un revolución socialista que acabara con el capitalismo.

Durante el siglo XIX surgieron muchas corrientes socialistas de distinto tipo. Hubo quienes proponían reformas laborales dentro del sistema capitalista, como Louis Blanc, quien formó parte del gobierno surgido en a Francia de la revolución de 1848. Otros, en cambio, crearon organizaciones conspirativas que pretendían que los trabajadores tomaran el poder mediante una revolución violenta, como fue el caso del francés Antoine Blanqui o del ruso Mijail Bakunin. No hubo, entonces, ni en el socialismo ni en el movimiento obrero, unanimidad ideológica.

Otra de las corrientes ideológicas importantes fue el anarquismo. Sus precursores fueron el inglés W. Godwin y el francés P. Proudhom y sus representates más importantes fueron M. Bakunin y E. Kropotkin. Si bien compartían muchas ideas con los socialistas, los anarquistas eran fuertemente individualistas, se oponían a formar un partido político y se enfrentaban a los marxistas, a quienes acusaban de autoritarios. Sostenían que el estado y la propiedad oprimían al hombre y debían ser abolidos. Dentro del anarquismo convivían tendencias moderadas dedicadas a la divulgación de ideas, tendencias sindicalistas, que organizaron grandes sindicatos y centrales obreras, y también tendencias violentas que practicaban el terrorismo.

La difusión de las nuevas ideas socialistas y anarquistas y el desarrollo del movimiento de los sindicatos obreros fue generando mayores tensiones sociales. Todo esto hizo surgir la llamada cuestión social. Diferentes sectores políticos que representaban a las clases medias y muchos pensadores propusieron la necesidad de establecer leyes protectoras del trabajo y el reconocimiento de los derechos políticos a los trabajadores.

La Iglesia no fue indiferente a esta situación preocupada por las condiciones de la vida obrera. Así fue que en 1891 el papa León XIII dio a conocer su encíclica Rerum Novarum. En ella, la Iglesia criticaba al socialismo como una falsa respuesta y defendía a la propiedad como un derecho natural, reconocía el sufrimiento de los trabajadores y establecía la necesidad de reforzar la caridad cristiana; aceptaba la formación de sindicatos que debían propiciar el diálogo en lugar del conflicto y solicitaba al estado que interviniera en defensa de los trabajadores. De este modo, desde principios del siglo XX comenzaron a desarrollarse sindicatos y organizaciones obreras católicas.


-Tomado de "El Libro de la Sociedad en el tiempo y en el espacio 8", Buenos Aires, Estrada, 1997.


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